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La industria de los sueños, vamos a reírnos de todo Hollywood

Mi relación lector-dibujante con Paco Alcázar era muy irregular. Le conocía por su trabajo en Silvio José para la revista El Jueves y, sinceramente, nunca había levantado muchas de mis simpatías. Demasiado underground para mi gusto. Sin embargo, un día llegaron las novedades de ¡Caramba! a mi tienda habitual y La industria de los sueños estaba entre ellas. Hicieron falta apenas tres hojas para quedar maravillado.

Cachondeo desde el celuloide

Desde lo más escatológico y soez a lo más simple y ramplón, la colección de chistes a costa de todo el sector cinematográfico estadounidense era, sencillamente, genial. Y, además, con ese punto de “se me podría haber ocurrido a mí” que tanta rabia da porque, amigo, lo siento mucho, no has sido el primero en pensarlo, ni muchos menos el primero en plasmarlo, encuadernarlo en cartoné y distribuirlo a nivel nacional.

Este humor tan castizo, tan de estar con los colegas en el bar soltando barbaridades a costa de los cuatro pelos de Jude Law, las pelucas de Nicholas Cage o la cantidad de veces que se emociona Steven Spielberg, te saca la carcajada rápida y, lo que es más importante, te hace querer ir corriendo a cualquiera de tus amigos y enseñarle la última barbaridad que has leído.

Parece que el gamberrismo es marca de la casa de ¡Caramba!, pues el Sr. Hematocrítico también se confirmó con un gran gamberro artístico, y en esta corriente se sitúa Paco Alcázar, quien sabe aprovechar su trazo tembloroso e irregular, que da ese aspecto tan de yonki a sus personajes, para caricaturizar al máximo a toda la palestra hollywoodiense. Los ves raros, pero los ves, son totalmente reconocibles, es un género nuevo de caricaturas que ha nacido y morirá con Paco Alcázar, porque dudo mucho que nadie llegue ha hacerlo tan bien como él por mucho que se imite su estilo.

Es, por tanto, un producto que agradará a partes iguales al amante de los cómics y al cinéfilo de pro, siempre y cuando ninguno de los dos se posicione de forma muy extremista. Porque, seamos sinceros, alguien que dedique su vida única y exclusivamente a leer cómics de Osamu Tezuka, con fervor fanático, no va a disfrutar nada de La industria de los sueños; y aquel que haya dedicado su vida a contemplar las maravillas del cine kurdo sin subtitular, desde luego que no va a entender en absoluto ni el más mínimo chiste sobre Michael Bay.

En conclusión, si te gusta La industria de los sueños, puede decirse que eres un lector de mente abierta, con tus pequeñas manías, como todo el mundo, pero abierto a nuevas posibilidades. Y eso, sinceramente, no puede hacerle daño a nadie.

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